De niño impaciente a adulto contemplativo
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La era dorada de Pink Floyd no se comprende solo a través de los discos. Se revela en los momentos en que la música encuentra al oyente en distintas etapas de la vida. Mi primer encuentro ocurrió alrededor de los ocho años, en casa de mi tía Gaby, cuando me sentaron frente a un video de uno de sus conciertos. La experiencia fue un fracaso absoluto: me pareció lenta, aburrida, interminable. Con la hiperactividad propia de la infancia, carecía de la capacidad para contemplar el horizonte sonoro que construían. No entendía que aquella música no exigía movimiento, sino escucha profunda. La paciencia para recibirla llegaría décadas después.
Dmaathen (1976)
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Si me remonto al génesis de esta aventura, tengo que ir muy atrás en el tiempo, a uno de esos conciertos a los que mi padre me llevaba a la UCSD cuando era morro. Ahí, probablemente escuché por primera vez a Steven Schick y a Xenakis. Nunca hubiera esperado que, muchos años después, estaría en ese mismo edificio, el Warren Lecture Hall, ensayando con Steve una obra de Xenakis.

