Por qué pienso que necesitamos una vida de intermedialidad

Conteo de palabras: 1,296
Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
use the browser translation tool for english.

El siguiente texto, no es académico, es personal y puede contener errores.

Hace unos meses, mientras escribía mis tres ensayos de candidatura para el doctorado en UCSD, me di cuenta de que no podía hablar de música sin hablar de fotografía, y no podía hablar de fotografía sin hablar de tiempo. Después de años de tocar el oboe profesionalmente y de cargar una cámara a todas partes, mi cerebro había dejado de ver esas prácticas como compartimentos separados. Funcionaban como un solo sistema, y entender por qué me llevó a leer sobre neuroplasticidad, intermedialidad y la arquitectura misma del aprendizaje creativo.

Terminé haciendo del tiempo el tema central de los tres ensayos porque era el único concepto lo suficientemente amplio para sostener todo junto. Un ensayo trata la teoría y filosofía detrás de mezclar sonido e imagen. Otro es sobre la práctica real, el hacer. El tercero es sobre improvisación, algo que hasta ahora había sido completamente ajeno a mí pero que necesitaba enfrentar. Publicaré los tres ensayos aquí cuando estén terminados, probablemente en un mes.

Todo esto me hizo pensar en por qué trabajar en múltiples disciplinas creativas no es solo un bonito extra. Es realmente bueno para el cerebro de maneras que la neurociencia está empezando a mapear con bastante claridad.

Qué significa realmente la intermedialidad

La idea es simple. No se trata de un músico que toma fotos en vacaciones, o de un fotógrafo que escucha música mientras edita. Es cuando dos o más lenguajes creativos empiezan a alimentarse tan profundamente que ya no puedes separarlos. Las prácticas se vuelven mutuamente constitutivas, que es una forma elegante de decir que se construyen entre sí.

Para mí, la fotografía de larga exposición me enseñó a escuchar el sonido como eventos temporales en capas que ocurren a diferentes velocidades. Tocar el oboe, con su ridícula demanda de control del aire y microajustes, entrenó mi paciencia para la fotografía de calle, donde esperas a que una figura cruce ese tramo de luz de una manera que nunca se repetirá. Una disciplina no solo inspira a la otra. Reconfigura físicamente las mismas redes neuronales desde un ángulo diferente.

Que dicen los que saben?

La investigación sobre esto es bastante sólida. Los músicos que entrenan en serio muestran cambios estructurales medibles en el cerebro. El cuerpo calloso, el puente entre los dos hemisferios cerebrales, es significativamente más grande en músicos que en no músicos, y el tamaño se correlaciona con los años de práctica (Schlaug, 2015). La corteza motora, el cerebelo, las áreas auditivas, todo muestra mayor densidad de materia gris en músicos entrenados comparados con controles (Hyde et al., 2009). Pero la parte que importa para la intermedialidad es que un cerebro entrenado por la música está mejor equipado para aprender otras cosas. Un estudio importante de la Northwestern University encontró que el entrenamiento musical mejora la capacidad del sistema nervioso para extraer patrones significativos de estímulos complejos (Kraus & Chandrasekaran, 2010). Esa habilidad se transfiere al lenguaje, la memoria y la atención. No es específica de un dominio. Es una mejora general en cómo el cerebro procesa información.

Otro estudio de Dartmouth mostró que tomar un curso de arte reorganiza físicamente la materia blanca en áreas prefrontales del cerebro, impulsando la cognición creativa incluso en adultos jóvenes (Sampaio-Baptista & Johansen-Berg, 2017). Y aquí viene lo bueno: solo dos sesiones de piano, de cuarenta y cuarenta y cinco minutos, produjeron cambios medibles en la materia blanca de la corteza premotora y el cerebelo (Sampaio-Baptista & Johansen-Berg, 2017). Si el cerebro se reconfigura en horas, imaginen qué pasa cuando le exigen que haga malabares con lenguaje musical, lenguaje visual y lenguaje tecnológico durante años.

Mi propio camino

Llegué a UCSD en 2023 con una maestría del Conservatorio de Amsterdam y una carrera en la Orquesta Sinfónica Nacional de México. Mi entrenamiento fue profundamente analógico: partituras, cañas, estudio. Pero también traía una cámara. La primera, hace muchos años, una Pentax Kx (que ya no sirve), ahora una Canon R6, luego una Pentax MX de 35mm analógica, y al final una compacta Lumix GX9 para trabajo no profesional y viajes. La fotografía empezó como un registro paralelo y se convirtió en un segundo sistema nervioso.

Cuando compongo, como hice recientemente en una obra para oboe, violín, percusiones y electrónica basada en el canto de las ballenas, no estoy tratando de sonar como ballenas. Estoy traduciendo una idea temporal, un evento sonoro que ocurre en una escala completamente diferente de la percepción humana, a un lenguaje que otros músicos pueden interpretar. Esa traducción entre medios es intermedialidad en acción.

El primer recital que di en UCSD abrió con Piri de Isang Yun, una obra que ha sido mi calentamiento y mi ancla durante años, la de cajón. También toqué una obra de Ignacio Baca Lobera escrita para mí, lo cual sigue siendo un gran honor, y otra de sus piezas que había sido estrenada varios años antes. Y puse mi propia composición en el programa por primera vez. La obra de las ballenas. Pueden encontrarla en YouTube si les da curiosidad.

El problema con la especialización

Nuestra cultura sigue premiando la especialización temprana y una identidad única. El oboista debería ser solo oboista. El fotógrafo debería quedarse con las imágenes. Esta presión no es solo social, está incrustada en cómo operan los conservatorios y las escuelas de arte. Separan las disciplinas como si cruzarlas diluyera la pureza técnica. Pero la neurociencia apunta en dirección contraria. Más estimulación creativa diversa significa mayor conectividad entre redes cerebrales. Los músicos experimentados muestran diferente organización funcional del cerebro cuando improvisan comparados con novatos. Su actividad neural se vuelve más localizada y eficiente, lo que sugiere que la práctica a través de múltiples contextos creativos optimiza cómo el cerebro usa sus recursos (Zatorre, 2013).

No estoy diciendo que todo músico deba volverse fotógrafo o viceversa. Estoy diciendo que el miedo a la dispersión creativa está mal fundado. El cerebro no se diluye entre disciplinas. Se enriquece.

El lado político de no ser solo una cosa

Vivir en California, rodeado de bases militares y de discurso político hostil contra migrantes mexicanos, me ha hecho pensar que la sobre-especialización no es solo un problema pedagógico. Es un problema politico. Cuando solo sabes hacer una cosa, dependes de una sola institución, un solo mercado, un solo país. Cuando cultivas múltiples lenguajes creativos, construyes resiliencia. Si mañana no puedo tocar el oboe, tengo la fotografía. Si no puedo hacer fotografía, tengo la composición. Si no puedo componer, puedo improvisar con electrónica. No es un plan de contingencia cínico. Es mantener la libertad creativa intacta en un mundo que constantemente intenta reducir a los artistas a una sola función monetizable.

Qué significa esto en la práctica

Para mí, la configuración intermedial se ve así. El oboista que soy mejora cuando fotografío. El fotógrafo que soy mejora cuando compongo. El compositor que estoy intentando ser mejora cuando improviso, incluso cuando fracaso, porque el fracaso es solo información que el cerebro usa para reconfigurarse. Mi proyecto de larga exposición, el trabajo de bodas que hago con Ada en Coyote Art Studio, la composición de las ballenas, los ensayos fotográficos que queremos lanzar, ninguno de estos son hobbies secundarios. Son el mismo sistema creativo aprendiendo a pensar en capas, duraciones, esperas, momentos irrepetibles.

El neurocientífico Norman Doidge, en su trabajo sobre plasticidad cerebral, ha enfatizado que el cerebro no es una máquina rígida sino un órgano en constante reorganización (Doidge, 2007). La práctica artística intermedial es, en ese sentido, un ejercicio de libertad neurológica. Cada vez que cambio del oboe a la cámara, o de la partitura a PD, o de la fotografía documental a la composición electroacústica, estoy forzando a mi cerebro a evitar cristalizarse en un solo patrón. Estoy manteniendo las sinapsis alerta, evitando que la práctica se vuelva automática y por tanto muerta.

En un mundo que premia la hiperespecialización, mantener múltiples lenguajes artísticos vivos es un acto de resistencia. Es decirle a tu cerebro, y al mercado, que no estás dispuesto a ser solo una cosa.

Fuentes:

  • Hyde, K.L., et al. (2009). "Musical Training Shapes Structural Brain Development." The Journal of Neuroscience, 29(10), 3019-3025.

  • Schlaug, G. (2015). "Musicians and Music Making as a Model for the Study of Brain Plasticity." Progress in Brain Research, 217, 37-55.

  • Zatorre, R.J. (2013). "Predispositions and Plasticity in Music and Speech Learning: Neural Correlates and Implications." Science, 342(6158), 585-589.

  • Kraus, N., & Chandrasekaran, B. (2010). "Music Training for the Development of Auditory Skills." Nature Reviews Neuroscience, 11(8), 599-605.

  • Sampaio-Baptista, C., & Johansen-Berg, H. (2017). "White Matter Plasticity in the Adult Brain." NeuroImage, 192, 126-134.

  • Doidge, N. (2007). The Brain That Changes Itself. Viking Penguin.

Next
Next

Breaking the Veil: Documenting Julia Cordani’s DMA Recital