La escuela no descansa porque el capital no descansa: una reflexión del agotamiento docente

Concurso de ingreso a la educación media superior en la zona metropolitana del Valle de México. Foto Cuartoscuro.

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El texto a continuación no es académico, es opinion.

Aprovechando el Día del Maestro y que, una vez más, los docentes están en el centro de la polémica en México, les comparto esta reflexión. La propuesta de adelantar las vacaciones escolares en 2026 desató un debate que, para mí, va mucho más allá de un simple cambio de fechas: es un debate sobre cómo entendemos el cansancio, la educación y la función de la escuela bajo el modo de producción capitalista.

Muchas personas opinan desde el individualismo y la experiencia personal, sin ponerse en los zapatos de los demás. Por eso, voy a exponer mi punto de vista primero desde lo individual y después desde la estructura, entendiendo que ambas dimensiones están atravesadas por condiciones materiales concretas y por las relaciones de producción que determinan quién tiene tiempo para descansar y quién debe seguir vendiendo su fuerza de trabajo.

Desde mi recuerdo como estudiante de escuela pública, los mundiales siempre se vivieron en el salón de clases y, llegando junio, el cansancio ya era compartido entre alumnos y maestros. Los libros de texto tienen menos contenido al final, es cierto, pero eso no responde a un capricho administrativo sino a una realidad que he visto año tras año: después de nueve o diez meses de clases, la energía se acaba. Tanto maestros como estudiantes llegamos al final del ciclo quemados, procesando más lento, con menos paciencia, como si el cerebro entrara en modo ahorro de energía. No encontré un estudio que lo respalde con porcentajes exactos, pero lo he vivido y lo he observado en cada generación que pasa por el sistema. Ignorar ese desgaste en nombre de la productividad escolar es imponer una lógica fabril a un proceso humano, como si la mente de un niño fuera una máquina que debe rendir igual todo el año. Marx ya lo había advertido (si, lo voy a citar) en El Capital: bajo el capitalismo, el tiempo de trabajo se extiende más allá de los límites naturales, devorando el espacio físico y mental necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo (Marx, 1867).

Desde la estructura, sostengo que las escuelas bajo el capitalismo cumplen una función contradictoria. Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, mostró cómo la escuela es un instrumento de hegemonia burguesa, transmitiendo una concepción del mundo que favorece al orden dominante mientras formalmente promete movilidad social (Gramsci, 1971). Louis Althusser, años después, precisó esta idea al llamarla aparato ideológico del Estado, una institución que reproduce las relaciones de producción no con la fuerza, sino con el consentimiento (Althusser, 1970). Nos dan herramientas teóricas para insertarnos en el mercado laboral, sí, pero no son guarderías ni los maestros son padres sustitutos de cuarenta niños o quinientos adolescentes. La educación más profunda, la que forma valores y carácter, se siembra en casa... si tienes la suerte de haber tenido una, y esa es otra historia. Que millones de familias no tengan tiempo para educar porque venden su fuerza de trabajo dieciséis horas diarias no es un descuido individual, es una violencia estructural del sistema en el que vivimos: en México, el trabajo de cuidados no remunerado que sostiene la reproducción social llegó a equivaler al 24.3% del Producto Interno Bruto nacional en 2022 (INEGI, 2023). Friedrich Engels, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, ya señaló que la reproducción de la fuerza de trabajo ocurre en el espacio doméstico, históricamente asignado a las mujeres y desvalorizado económicamente (Engels, 1884). Pretender que la SEP resuelva esa contradicción descargándola sobre los hombros del magisterio es desviar el foco del problema real.

No estoy defendiendo al secretario de Educación. Probablemente debió cuidar más sus palabras para no crear tanta polémica. Y también hablo desde el privilegio de tener tiempo sin hijos propios, lo cual me da una distancia material que muchas familias no pueden permitirse.

Dicho esto, ser maestro es la profesión más importante que existe, la única que produce y reproduce todas las demás. Los maestros no se van de vacaciones el mismo día que los alumnos; su trabajo invisible continúa en capacitación, evaluación pedagógica y ajustes de planes de estudio. Los datos respaldan esa carga: según TALIS 2018, los docentes de secundaria en México reportaron trabajar 34.3 horas semanales solo en la escuela encuestada, pero cuando se consideran los que trabajan en múltiples escuelas, la carga total supera las 42 horas semanales (OECD, 2019). Es una labor extremadamente cansada, mal pagada y mal valorada, precisamente porque el capital desprecia todo aquello que no genera ganancia inmediata. Marx llamaba a esto la fetichización de la mercancía: solo lo que se puede cuantificar en dinero adquiere valor social, mientras el trabajo de cuidados y educación, fundamental para la reproducción ampliada del capital, permanece invisible en las cuentas nacionales (Marx, 1867). Y sí, a veces nos topamos con maestros sin vocación o con plazas heredadas. Pero este fenómeno no es exclusivo del magisterio: en cualquier rincón del planeta hay doctores, ingenieros, policías, políticos y toda clase de trabajadores ejerciendo sin vocación. La mayoría de los maestros, sin embargo, entregan su vida a esta tarea con un compromiso que merece todo nuestro respeto y una retribución material que el Estado les niega.

En conclusión, adelantar el fin de cursos por esta ocasión no va a transformar los problemas estructurales de nuestro sistema educativo. Se argumentó que la medida sería excepcional, solo para este año, por las altas temperaturas y la Copa del Mundo. Pero al hacerlo se evitó reconocer lo evidente: que el agotamiento de estudiantes y maestros al final del ciclo es una realidad de todos los años, con o sin Mundial de por medio. Las niñas, niños y adolescentes también necesitan descansar, no solo producir calificaciones. Y si podemos darle un respiro a los maestros, regresarán en mejores condiciones para dar sus clases. Defender su descanso es también defender la calidad de la enseñanza.

Soy nadie y nadie me paga por esta opinión. Vengo de una familia de maestros y actualmente doy clases a estudiantes universitarios en otro país que, en teoría, debería tener mejor calidad educativa, pero no encuentro tanta diferencia con la de México. Mi respeto absoluto a todos los educadores, sostenedores silenciosos de lo poco que aún funciona.

Feliz Día del Maestro. Gracias por no soltar el gis, ni el marcador, ni la pantalla. Gracias por seguir sembrando preguntas en un sistema que solo exige respuestas productivas. Gracias a todos los maestros, desde la primaria hasta los que me están aguantando hoy en el doctorado, por su paciencia, su dedicación y mi eterna gratitud y admiración. No nombraré a los maestros por miedo de olvidar a alguien, pero ustedes saben quiénes son.

  1. Althusser, L. (1970). "Ideología y aparatos ideológicos del Estado". La Pensée, 151. (Edición consultada: Marxists Internet Archive).

  2. Engels, F. (1884). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Edición consultada: Marxists Internet Archive.

  3. Gramsci, A. (1971). Selecciones de la cárcel. Traducción de Quintín Hoare y Geoffrey Nowell Smith. Nueva York: International Publishers. (Original publicado entre 1929-1935).

  4. INEGI. (2023). Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México 2022. Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Disponible en: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2023/CSTNRHM/CSTNRHM2022.pdf

  5. Marx, K. (1867). El Capital. Crítica de la economía política, Tomo I. Edición consultada: Marxists Internet Archive.

  6. OECD. (2019). TALIS 2018 Results (Volume I): Teachers and School Leaders as Lifelong Learners. Paris: OECD Publishing. Disponible en: https://www.oecd.org/en/publications/talis-2018-results-volume-i_1d0bc92a-en.html

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